miércoles, 18 de noviembre de 2009

EL NADADOR: UN POEMA DE HÉCTOR VIEL TEMPERLEY

En 1967, el poeta argentino Héctor Viel Temperley(1933-1987) publicó El Nadador, uno de cuyos poemas publicamos a continuación. La imagen del nadador en la poesía de Viel es reveladora, como lo dice Tamara Kamenszain, quien prologó la obra poética completa de ese insular poeta: Porque en una poesía como la de Viel, vida y literatura confluyen de entrada por la vía regia que abre la natación. Al revés de lo que sucede en un diario íntimo donde se fecha para dar cuenta de que los hechos realmente se vivieron, aquí se fecha para anticiparse a cualquier hecho transformándolo de antemano en acontecimiento. Por eso hay que aprender a nadar. Para sacarle al tiempo la ventaja de su fecha. (Colección Pez Náufrago, Ediciones del Dock, Bs. As. - Argentina, 2006).



EL NADADOR


Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arrollos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.