sábado, 14 de marzo de 2009

REFLEXIONES SOBRE POESÍA Y PERIODISMO


Una sala de espejos reflejando a las personas, una sala de personas reflejando a los espejos. Todo y nada al mismo tiempo: la posibilidad mayor de conocer la realidad y la mayor imposibilidad de conocernos.

En estos tiempos donde las imágenes y la información no nos dejan momento apropiado para detenernos a buscar lo que está en nosotros, sólo me surgen preguntas, escenas de interrogación, puentes invisibles para atravesar la niebla y llegar al otro lado de la vida, con los ojos abiertos y la mirada todavía limpia.

Dentro de estas preguntas surgen impostergables casi, la poesía y el poeta, el periodismo y el periodista, vistos como unidades inseparables: vida y obra fusionadas desde siempre y para siempre, sin intermediarios, sin interpretaciones separadas, sin visiones dispersas, sin desviaciones de ningún tipo ni justificación alguna. Los tiempos corren al margen del río de Heráclito, corren como caballos en las ciudades o en las praderas. Y en este movimiento incontenible, la conducta transita inseparable de la obra.

Recuerdo, entonces, a San Pablo: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe”. El amor entendido como bondad, como servicio, al igual que visión auténtica y clara de nosotros y quienes nos acompañan de cerca o lejos por las vastas extensiones de estos tiempos difíciles.

Hace poco en un foro de comunicación en Salamanca, la escritora española Espido Freyre señaló que en un momento como el que vivimos “en el que el punto de vista de las noticias afecta tanto”, la literatura “nos debe permitir soñar” y el periodismo “nos debe permitir conocer”. Espido deja en claro el papel de la literatura como vuelo permanente de la imaginación y de la belleza; en cuanto al periodismo rescata la vocación por la objetividad de la información que nos conecta con lo que ocurre en el mundo, tal y como en verdad ocurre.

Relativismo de por medio, coincido con Freyre pero me viene a la mente una vez más otra de esas innumerables preguntas que surgen en esta especie de proyección del desierto de ideas con el que tenemos que convivir diariamente. La pregunta se trata del cómo: ¿Cómo actúa el poeta para hacernos soñar?¿cómo actúa el periodista para hacernos conocer? No es lo mismo mirar a través de un lente rasgado y sucio, que a través de uno pulcro y nítido. No es igual mirar a través de lo oscuro, que hacerlo en pleno mediodía. La realidad nos apercibe constantemente, pero ¿nos damos cuenta de ello?¿alcanzamos a vislumbrar lo que pasa?

Leo al amado Ryszard Kapuściński, quien en “Los cínicos no sirven para este oficio” declara lo siguiente, sobre el buen periodismo: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”. La explicación de lo que señala quizás se halla en el hecho de que “el verdadero periodismo es intencional, a saber; aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio”. En este marco es evidente que la bondad recobra felizmente su vigencia, pero una vigencia auténtica, no cínica ni retórica para lograr algo que nos interesa egoistamente que los demás hagan por nosotros. La bondad en sí misma cobra fuerza, al margen de lo que el poeta Gregory Corso llamaba “las extrañas enfermeras de la bondad”, falsas y oscuras como una trampa puesta en el camino por nosotros mismos.

Hace poco, otro poeta, el mexicano Juan Domingo Argüelles escribió una columna llamada “Malísimos buenos poetas”, en el suplemento del diario La Jornada. Allí sostiene que prefiere a una buena persona que además es poeta, en vez de a un buen poeta que es sin atenuantes una mala persona. “A este último lo leo si viene el caso –agrega-, pero me gusta verlo de lejos, saludarlo cordialmente y que cada quien siga su camino”.

Recuerdo que en un momento de mi vida decidí no conocer en persona a los poetas cuya poesía admiraba, porque temía desilusionarme de ellos -como había ocurrido varias veces- y que esto influyera en la valoración de la obra. Y sin embargo, me encantaban los malditos. Alguien, incluso, decía a voz en cuello que para ser un gran artista había que ser un maldito dictador e, incluso, un hijo de puta: abandonar a la familia a su suerte como Shakespeare, no tener conciencia de que se tenía una hija como Rilke o como Lord Byron alejarse de ella por la imposibilidad de ser un padre. En nombre del arte, en nombre del periodismo, se han escrito páginas de vida miserables que no tienen que ver para nada con la obra. Ya no me encantan los malditos, ya no existen. Hay fantoches que susurran palabras de mentira a su alrededor para vivir de los otros y no por y para los otros. Hay quienes simulan, además, que están viviendo; cuando en realidad son protagonistas de su propio simulacro.

En estos últimos días periodismo y poesía nos han tocado a fondo, con la muerte de dos figuras legendarias: Guillermo Thorndike y Blanca Varela. No voy a hacer juicios de valor al respecto, sólo voy a decir que se trata de dos personas esenciales para comprender el periodismo y la literatura del siglo XX. Sin embargo, como poeta, la imagen de Blanca me habla de una frase antigua cuya fuerza destacaba cuando yo estudiaba en San Marcos: “ser consecuentes”. La consecuencia de Blanca para soportar en esta existencia los vientos más feroces y diversos fue siempre impecable. “Nunca un poeta está contento con lo que escribe, y si lo está mejor le hacemos una cruz encima. En el arte en general hay que buscar la evolución, no repetirse”, declaró la poeta en una entrevista, ¿en esa evolución está contenida la bondad?

Volviendo a Juan Domingo Argüelles, el poeta dice en otra parte de su columna: “Si la poesía no nos mejora, ¿entonces para qué sirve?”. La poesía no sólo tiene que hacer mejores a los demás, sino también al propio poeta. Los tiempos de la inmolación han terminado, los malditos de entonces, ya no son los de ahora. Los verdaderos insulares ya no están en los márgenes del sistema sino que están peleando en el centro de este por una vida que realmente lo sea. Si formamos parte de este mundo actual, si queremos ser mejores para salvarnos del Apocalipsis que algunos espíritus creen inminente, ¿no deberíamos transitar el mundo sin separar persona y obra, conducta de poesía y periodismo?

Hay cosas ahora que matan más que aquello que acabó con poetas como Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, así como con periodistas como Truman Capote o Abraham Valdelomar, geniales e infelices que hicieron más infelices a sus seres queridos y a otros inocentes. Esas cosas son la miseria del espíritu, la denigración de los valores, la autodestrucción. ¿Serán los robots, entonces, mejores que nosotros?

La complejidad del ser humano merece ser su mayor virtud, su oportunidad de elevarse hacia lo superior. El amor es lo superior y la bondad es parte del amor. No sustituyamos la muerte por la vida, ni la multitud por la soledad, ya que son parte de un mismo destino y no su contraparte. No sólo los espejos nos reflejan y reflejan a los demás. Todos nosotros somos espejos.



(Primera foto: Milagritos Ormeño)


(De "Contra Señas")

2 comentarios:

Michael dijo...

me gustan las portadas de tus libros...aunke no los tengo... ya habra oportunidad de leerte...buen nombre "las barcas que se despiden del sol"

Juan Carlos de la Fuente Umetsu dijo...

En el blog hay algunos poemas de mis libros y si haces click en la portada de "Las barcas.." aparezco leyendo unos cuantos textos.

De todos modos, amigo, pongámonos en contacto a través de facebook, para intercambiar textos. De mi primer libro sólo tengo uno, pero te puedo pasar una copia.

Un abrazo,

Juan Carlos