sábado, 11 de abril de 2009

MORIR EN MORO



Circula en librerías “Soberanía y transgresión: César Moro” (Universidad Ricardo Palma, Editorial Universitaria), libro en el que Mariela Dreyfus reúne cuatro ensayos en torno a la vida y la obra de uno de los mayores poetas peruanos. Motivo suficiente para recordar al protagonista de una de las aventuras literarias más radicales de la historia de la literatura.




Siempre que vuelvo a observar la senda poética asumida por César Moro, a seguir sus palabras con la misma actitud de quien va a ser sorprendido por una nueva mirada, me siento perdido de antemano; me siento felizmente derrotado, porque siempre encuentro esa nueva mirada, ese nuevo refugio para estos días actuales de falsas rupturas, de vanguardias trasnochadas, de idealismos de moneda, donde los únicos valores son los que se cotizan en la bolsa.

Seguir el camino de Moro es desandar nuestro camino, es perderse en esos ríos antiguos de los bosques, donde los cazadores brillaban en las noches como el fuego que los acompañaba. Porque Moro nos miente, y nos miente porque se atreve a hablarnos con la verdad desnuda entre sus manos. En su fragilidad, yace la bestia más humana, y por eso el hombre mismo vuelve a su naturaleza auténtica, a su originalidad.

Moro siempre fue otra persona: el artista abierto a múltiples formas estéticas. Vino al mundo con el nombre de Alfredo Quíspez Asín, pero a los veintitrés años adoptó el nombre de César Moro, tomado de uno de los personajes del escritor español Ramón Gómez de la Serna.

La primera parte de su historia en el Perú hasta que marchó a París, habla ya de una sensibilidad exquisita, de unos trazos firmes en pintura, de unos poemas donde la pasión aún no encontraba su forma, pero que tenía por aliada a la belleza y al amor, sobre todo al amor. Por eso nadie como Moro para amar y defender lo que amaba firmemente, como la poesía. A continuación una muestra, en la que habla del poeta José María Eguren y despotrica contra el vate Chocano en plena época del presidente Augusto B. Leguía:

“Eguren fue el Poeta, en su acepción de ser perdido en las nubes, de no tener nada que decir, ni hacer, ni ver fuera de la poesía. Cosa insólita entonces y ahora: jamás bregó en la política. ¿Cómo hubiera podido bregar en la política con su candor de ángel desterrado, con su timidez de niño que llega tarde al festín?” (…) “Su ambición era más alta que las pueriles tentaciones realizables, más real que la corona de histrión en laureles de oro que ofrecieran públicamente a José Santos Chocano (…)”.

Absoluto amor

Este es Moro, implacable en sus palabras y excesivo en sus hechos: en 1925 partió a París para abandonar “la calma monótona del charco natal”. Una vez allá, se encontró con Alina de Silva, su amiga de infancia, quien fue su Beatrice por los rumbos inesperados del entonces centro del mundo cultural. Alina estaba casada entonces con Alfonso de Silva, el músico peruano al que Vallejo dedicó su célebre poema “Alfonso: estás mirándome, lo veo” que aparece en “Poemas humanos”.

En Francia, Moro quiso hacer realidad uno de sus antiguos sueños: convertirse en bailarín de ballet, pero la estrechez económica y una pleuresía lo dejaron fuera de su sueño. En estas circunstancias, el poeta vuelve con todas sus fuerzas la mirada hacia el surrealismo, cuya presencia había tomado por asalto la atmósfera parisina y bebe de sus fuentes y sus vastos océanos de palabras. Con Alina conoce a personalidades determinantes de este movimiento, como Bretón, Péret, Eluard y Dalí.

El surrealismo, ya lo he dicho de paso en algún otro texto, no sólo fue una corriente artística que iluminó el siglo XX y que llevó al fenómeno vanguardista hasta sus últimas consecuencias. El surrealismo fue el hallazgo de un antiguo río que atraviesa las extensiones de este mundo desde sus orígenes; un río que trae las noticias del pasado, el presente y el futuro. Un punto de contacto del ser humano con los demás seres humanos y con el cosmos. Lo que llamamos vuelo poético, locura, ir más allá de lo establecido está sin duda presente en el surrealismo. Es la chispa que enciende los mares apagados, las estrellas anémicas, incluso, a las pasiones desbocadas les da luz propia, las hace discurrir en horizontes amables y definitivos como el encuentro de la soñada coherencia, de la que hablaba entre nosotros el poeta Luis Hernández.

Y al no ser una corriente, ni una escuela, está presente en cada expresión artística como una puerta abierta, como un instrumento de conocimiento y de sensaciones. No existen los surrealistas, todos de alguna forma lo somos, como somos humanos la mayor parte de las veces. Humanidad y raíz; cuerpo y huella, descubrimiento permanente de nosotros mismos y de los demás. Estoy hablando de lo que puede denominarse un “surrealismo natural”, “per se”, esencial.

En 1928, como lo señala Mariela Dreyfus, Moro decide acercarse a los integrantes del movimiento surrealista. “Acercarse es el mejor verbo que ilustra la actitud de Moro hacia el surrealismo pues obligado a guardar cierta reserva respecto a su orientación sexual, no siempre pudo funcionar en París como un verdadero miembro del grupo".

Moro intuye, percibe las posibilidades del surrealismo, planteado como corriente en los años veinte, visiona sobre su fuerza creativa y sus posibilidades como camino de búsqueda y encuentro estético. Por eso se adhiere en cuerpo y alma al surrealismo, y al hacerlo lo asume como un feroz apostolado, como exageración tímida y temerosa, como una vía de liberación a través del arte como un absoluto, como cuestión de vida y muerte.

“Moro ingresó al surrealismo convencido de estar ante un movimiento capaz de responder a sus requerimientos artísticos; a su inquietud por crear nuevas formas de representación; el lenguaje –los lenguajes- aptos para liberar al individuo de su condición, de lo absurdo y limitado de su destino”, señala Dreyfus.

Sin embargo, incluso en el movimiento, es decir, en el surrealismo etiquetado y con logo (no en el surrealismo natural), Moro sufrió su condición de extraño debido a su homosexualidad. Escritores como el fundador de la corriente, André Bretón, sólo concebían una relación de amor entre dos géneros opuestos, pero no de otra manera; por eso mantuvieron sospechosa distancia. “El deseo es motor” era excluyente; la diosa blanca, la inspiración, el impulso del surrealismo estaba basado en la mujer como ideal estético y no en otro hombre.

Bretón había dicho que sólo la poesía salvaría al mundo de sus mezquindades y lo haría “dueño de su destino”, pero se había olvidado hablar del destino de Moro. “En todo caso –agrega Dreyfus- Vargas Llosa y Coyné afirman que la apertura con que Moro solía manifestar su orientación sexual fue vista con suspicacia por Bretón y de algún modo dificultó su integración total al movimiento”. En todo caso, los surrealistas mantuvieron en aquella época una polémica constante sobre el tema, que no llegó a agotarse.

En respuesta, Moro “emprende la construcción de un personaje de sí mismo, que asume consigo la lucidez y el vértigo, la violencia y la ternura, el vacío y la plenitud. Este yo es un proscrito, un disidente, un tránsfuga”, apunta Dreyfus.

“No renunciaré jamás al lujo insolente al desenfreno suntuoso
de pelos como fasces finísimas colgadas de cuerdas y de sables
Los paisajes de la saliva inmensos y con pequeños cañones de plumas-fuentes”
(…)
“No renunciaré jamás al lujo primordial de tus caídas
vertiginosas oh locura de diamante” (César Moro).

Viaje hacia la noche

El personaje que Moro asumirá a lo largo de su vida está ya constituido. Posteriormente, en 1933, deja París, con destino a Londres, y desde allí regresa por primera vez al Perú. Aquí entabla amistad con otro grande, Emilio Adolfo Westphalen, quien será su aliado incondicional en la poesía y su cómplice en las manifestaciones surrealistas con que Moro golpeará la modorra de esta Lima pacata, Lima la Horrible como el la nombró.

Su etapa de mayor creatividad será en México, adonde tuvo que llegar obligado por dificultades de orden político ocurridas en Lima. En la capital azteca, hay una mayor proximidad con Bretón (a este le escribe incluso un poema) y mantienen una camaradería literaria más estrecha, para impulsar allá el movimiento surrealista. Es en México donde Moro escribe el primer poema de lo que más tarde serían los textos de “La tortuga ecuestre” y conoce a Antonio A. M., quien sería el gran amor de su vida y el motor del deseo que hará explosionar de belleza a las palabras, en sucesivos libros de amor y muerte.
Mientras tanto conoce a intelectuales y artistas como Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen y Leonora Carrington, entre otros, al tiempo que envía a Lima para su publicación en “Las moradas”, la prestigiosa revista dirigida Westphalen, “Viaje hacia la noche” uno de sus mejores poemas en español.

Hay personas que una vez que han alzado vuelo en otros territorios, no deberían volver al Perú, porque aquí existen demasiadas “razones” para cortar alas y esconder los vientos. Al respecto, conozco muchos casos trágicos: Moro fue uno de ellos, un lamentable caso en el que la incomprensión que lo rodeaba, los oficios denigrantes que tuvo que padecer para sobrevivir y su genialidad incomprendida, terminaron por mellar su salud y llevarlo a la muerte.

Sólo después de su fallecimiento (1957), por el impulso vital de su amigo André Coyné, verá la luz su libro capital, “La tortuga ecuestre y otros poemas”, así como “Amour à mort” y “Los anteojos de azufre”. Tengo en mis manos la primera edición de “Los anteojos de azufre”, abro una pagina al azar, y leo: “Ultima referencia al Surrealismo, como expresión no exclusiva de un grupo, sino de todo realismo mágico, de toda insurrección de lo “maravilloso” contra la tiranía trisecular de la “razón”, pura o práctica. Surrealismo en la acepción que nos atañe de la palabra, en cuanto admitimos la equivalencia perfecta, en un plano mítico de los 3 substantivos: Poesía, Amor, Libertad”, que escribe André Coyné a su amigo muerto. Y luego veo a Moro despertar con estas palabras:

“Los ojos de aquel que despierta llevan aún, al borde de las pupilas, las lentejuelas doradas del sueño. Se posan blandamente con la lentitud de flores submarinas, agitadas por débil corriente, sobre la realidad envolvente-ambiente, todavía no reconocida, apenas identificada, y cuya inercia es aspirada por los innumerables e invisibles capilares del espíritu. Es uno de los momentos privilegiados de la vida”.

Sí, lo es. Porque leer a César Moro siempre es un momento privilegiado.



(De “Contra Señas)





Viaje hacia la noche



Es mi morada suprema, de la que ya no se vuelve
Krishna, en el Bhagavad Gita


Como una madre sostenida por ramas fluviales
De espanto y de luz de origen
Como un caballo esquelético
Radiante de luz crepuscular
Tras el ramaje dense de árboles y árboles de angustia
Lleno de sol el sendero de estrellas marinas
El acopio fulgurante
De datos perdidos en la noche cabal del pasado
Como un jadear eterno si sales a la noche
Al viento calmar pasan los jabalíes
Las hienas hartas de rapiña
Hendido a lo largo el espectáculo muestra
Faces sangrientas de eclipse lunar
El cuerpo en llamarada oscila
Por el tiempo
Sin espacio cambiante
Pues el eterno es el inmóvil
Y todas las piedras arrojadas
Al vendaval a los cuatro puntos cardinales
Vuelven como pájaros señeros
Devorando lagunas de años derruidos
Insondables telarañas de tiempo caído y leñoso
Oquedades herrumbrosas
En el silencio piramidal
Mortecino parpadeante esplendor
Para decirme que aún vivo
Respondiendo por cada poro de mi cuerpo
Al poderío de tu nombre oh poesía

Lima, la horrible, 24 de julio o agosto de 1949.



Leer más poemas de Moro.

1 comentario:

Lauren Mendinueta dijo...

César Moro es uno de mis poetas favoritos. Gracias por la entrada. Felices Pascuas